domingo, 24 de agosto de 2008

Dios ama también a los homosexuales

Porque son personas, creadas por Dios para su gloria. Dios ama todo lo que Él ha creado y no desprecia a ninguna de sus criaturas. No hay personas de primera y personas de segunda. Ni menos aún, personas desechables. “Existo, luego Dios me ama inmensamente”, puede decir toda persona, sea cual sea su condición, sea cual sea su situación.

En el principio, Dios creó al hombre, varón y mujer los creó. “Y vio Dios que era muy bueno”. Dios no se arrepiente de ninguna de las criaturas que Él trae a este mundo. Y todos venimos a este mundo como fruto de un amor personal y creativo de Dios, en el que colaboran nuestros padres como pro-creadores, pero el Creador sigue siendo insustituiblemente Dios. Dios no se ha equivocado al crearnos a cada uno de nosotros.

Dios crea el alma espiritual, de manera única e irrepetible, como el principio que anima todo nuestro ser. No somos pura materia, o simple conjunto de reacciones químicas. Somos personas libres e inteligentes, que tienen alma, creada por Dios y dada directamente a cada uno. Somos un fruto del amor de Dios, y en nuestro propio crecimiento influyen muchas personas que nos rodean.

Pero en el origen de la historia de la humanidad entró el pecado, por iniciativa humana. La tentación del demonio fue sugerirle al hombre y a la mujer: “Seréis como dioses”, y, fascinados por esta pretensión engañosa, ellos se apartaron de Dios, desobedecieron su santa ley, pecaron contra Dios y trastornaron toda la naturaleza creada. Este es el pecado original, con el que todos nacemos.

El pecado original introdujo un apagón universal, que sólo la luz de Cristo ha podido restaurar. A partir del pecado original, la naturaleza entera sufre un trastorno, un desequilibrio, que nos afecta a todos. Y dentro de la naturaleza, el hombre nace herido por el pecado. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, constata que esta imagen está enmarañada, desdibujada. No todo lo que al hombre se le ocurre, es bueno. Más aún, tiene muchas ocurrencias y sentimientos que van contra Dios, y que le hacen daño a sí mismo y a los demás.

Uno no elige su propio sexo, por más que lo diga el Parlamento. Sea cual sea su inclinación (dejemos ahora lo que haya de biológico, sicológico o educacional), debe aceptarse a sí mismo como es y debe vivir su sexualidad en un clima de castidad, que le enseñe a amar gratuitamente. La sexualidad humana también esta dañada por el pecado, y debe ser redimida por un amor creciente, para el que todo hombre cuenta con la gracia de Dios.

También una persona con inclinación homosexual es amada por Dios y está llamada al amor, que no necesariamente se expresa por el ejercicio de la sexualidad. Un mundo supererotizado hace más difícil vivir la castidad sin represión, pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y la redención de Cristo es gracia abundante para vivir la castidad con libertad, en la situación personal en la que cada uno se encuentre. La Virgen María, que fue librada de todo pecado, incluso del pecado original, es madre que nos ama a cada uno y entiende de estos temas. Mirándola a ella entendemos mejor la nueva humanidad a la que Dios nos llama. Ella es “dulzura y esperanza nuestra”.

La ley de identidad de género recientemente aprobada en las Cortes, por la que uno puede cambiar de sexo es contraria a la verdad del hombre. Es una extorsión del plan de Dios, no ayuda a las personas con dificultad en este campo y siembra la confusión en el ambiente social donde vivimos. A un niño o a un joven hoy le es más difícil vivir el plan de Dios con estas leyes que enrarecen el ambiente. Por eso, hemos de buscar la luz donde se encuentra, en Cristo resucitado hombre nuevo, también para estos temas de sexualidad, que a tanta gente perturban.

Con mi afecto y bendición:

Mons. Demetrio Fernández González,
Obispo de Tarazona

Fuente: http://www.conferenciaepiscopal.es/Obispos/autores/fernandezgonzalez/16.htm

sábado, 23 de agosto de 2008

Extracto de Homosexualidad una reflexión personal, por Jutta Burggraf

¿Una persona homosexual puede llegar a ser feliz?

Llegamos a la cuestión decisiva. Por supuesto puede ser feliz una persona homosexual. Pero el camino no es el que marcan, en general, los medios de comunicación. Podemos señalar brevemente cuatro pasos.

1. Renunciar al ejercicio de la sexualidad

Una sexualidad desenfrenada no es ningún bien. En vez de llevar a la felicidad, engendra frustraciones. Es como un veneno que corrompe las personas: debilita la voluntad, quita la autoestima. Para el hombre no es natural seguir todos sus impulsos. En cambio, es natural para él, ser protagonista de la propia vida, "llevar la vida", y no "ser llevado" por las pasiones.

Por tanto, el primer consejo consiste, sencillamente, no ejercer la sexualidad. Es exactamente lo mismo que se puede esperar de las personas heterosexuales, que no están casadas. Y es posible, aunque casi nadie lo diga en público, por la ideología que difunden los grupos de presión.

Vivimos en un mundo muy sexualizado, y se piensa, muchas veces, que el único camino hacia la felicidad sería la práctica de la sexualidad. Pero no es verdad. La persona humana es mucho más rica. Hay una novela italiana en la que el protagonista - que es un play-boy bastante degenerado - dice a una persona amiga: "¿Usted piensa que yo tendría que consultar con un psicoanalista? Dígale por favor, de mi parte, que no hay nada que da tanta felicidad como la templanza. Los psicoanalistas suelen preguntarme, si hubiera reprimido algunos impulsos sexuales. ¡O no! Puede usted estar seguro: jamás he reprimido ninguno de esos impulsos. ¿Quiere saber lo que he reprimido? la vergüenza y la caridad que nos manda el Evangelio. ¿Quiere saber a quién he pisoteado y he hecho callar en mí? ¡al mismo Jesucristo!"

Hay miles de personas que renuncian al ejercicio de la sexualidad. Por ejemplo, un marido, cuya esposa está enferma, no se "consolará" con otras mujeres, si quiere a su esposa.

2. Optar por la libertad

Si los medios de comunicación dicen que los gay no pueden sino actuar según sus inclinaciones, no se comportan nada "tolerantes" con ellos. No les aprecian como hombres. Los degradan de verdad, porque les niegan lo específicamente humano, que es la libertad personal.

Las personas homosexuales no son responsables por la tendencia que experimentan; pero sí que son responsables por la práctica y ésa, a su vez, puede reforzar la tendencia. Es como la codicia que engrandece cuando se alcanza lo que se desea. Una persona hambrienta sueña con la carne asada, y una persona glotona también…

Lo importante es: ¡no sentirse una víctima! ¡También una persona homosexual es libre! Todos encontramos obstáculos y dificultades en la vida, y todos sufrimos de limitaciones. Es importante desarrollar confianza en la propia vida y en el futuro, y superar los complejos de inferioridad: ¡La dignidad y el valor de una persona no dependen de su orientación sexual!

3. Optar por el amor

La moral cristiana no se centra en la sexualidad, aunque los medios de comunicación la presenten así, con una perseverancia obsesiva. Los pecados más graves son de naturaleza "espiritual" (por decirlo de alguna manera): podemos hacer la vida imposible a los demás si los tiranizamos, si disfrutamos de sus debilidades, si les negamos el perdón o les traicionamos. Un hipócrita arrogante puede hacer más daño (a sí mismo y a otras personas) que una persona homosexual…

La moral cristiana tampoco consiste en un catálogo de prohibiciones. Destaca, en cambio, que lo más importante para una persona es la capacidad de amar. Así manda favorecer todo lo que puede engrandecer esa capacidad, y quitar todo lo que puede empequeñecerla. Toca con sus enseñanzas el mismo corazón del hombre, que está hecho para el amor, como afirma el papa Juan Pablo II: "El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente."

La moral cristiana enseña, sencillamente, a amar. Esto queda especialmente claro cuando se refiere al comportamiento sexual. La Iglesia nunca ha hablado de un modo tan diferenciado y sensible sobre el amor matrimonial como en las últimas décadas. Bendice este amor entre el hombre y la mujer, y no se muestra nada hostil al cuerpo. Sólo habla del pecado, cuando hay un peligro para el amor.

La Iglesia nos invita a buscar el amor, no el placer en sí mismo. Pero si encontramos el amor, encontramos también la satisfacción, la felicidad. Cada amante conoce las ansias hacia la persona que ama, y el gozo de la unión. No tiene sentido preguntarse si el placer es bueno o malo. Lo decisivo es lo que nos da gusto y placer. El gusto para el bien es bueno; el gusto para el mal es malo. No valoramos tampoco el fuego "en sí mismo". Es bueno cuando nos calienta el despacho en una chimenea, y es malo cuando nos quema la casa.

La Iglesia dice un sí al amor. Y para salvaguardar el amor, dice un no a las deformaciones de la sexualidad.

4. Llenar de sentido el dolor

Ser homosexual quiere decir: vivir en una situación dolorosa. Pero el dolor tiene sentido. Cada situación, incluso la más dolorosa, tiene un valor por descubrir; cada sufrimiento nos hace crecer un poco más hacia la madurez. Nos da luz para ver lo que realmente es importante en la vida y, finalmente, nos confiere una gracia especial para acercarnos a la fe cristiana: al misterio de Jesucristo que está con nosotros en cualquier dolor…

Renunciar al ejercicio de la sexualidad, no quiere decir renunciar al amor y a la alegría. Muchos renuncian al ejercicio de la sexualidad, justo para optar por el amor auténtico. Las personas homosexuales pueden aprovechar su sensibilidad específica, su delicadeza y generosidad para llegar a un amor muy grande, que no se dirige hacia algunos cómplices, sino hacia muchas personas de todas las condiciones. Como conocen el dolor y el sufrimiento, pueden comprender los problemas de los demás, ser solidarios, ayudar y animar.

Para un cristiano, el amor entre un hombre y una mujer es importante, pero no es lo más importante; da felicidad, pero esa no es la máxima felicidad; tiene sentido, pero ese no es el último sentido de la vida. Es un camino para muchos, pero no el fin. Porque el fin de la vida es solo Dios.

Jutta Burggraf

Fuente: http://alemaniaeconomiasociedadyderecho.blogspirit.com/archive/2005/07/17/%C2%BFuna-persona-homosexual-puede-ser-feliz-por-jutta-burggraf.html